Quiénes somos

En cada época el Espíritu Santo
va suscitando lo que la Iglesia necesita
para vivir su vocación a la santidad

Oficialmente los Institutos Seculares surgieron en el año 1947 luego de que Su Santidad, el Papa Pío XII promulgara la Constitución Apostólica «Provida Mater Ecclesia», pero ya muchísimo tiempo antes habían surgido personas que se sentían llamadas a ser totalmente de Dios, sin abandonar el mundo, sirviendo así a la Santa Madre Iglesia en todo lo que necesitara.

En el Código de Derecho Canónico, leemos en los Nº 710 y 713:
«Un instituto secular es un instituto de vida consagrada en el cual los fieles, viviendo en el mundo, aspiran a la perfección de la caridad, y se dedican a procurar la santificación del mundo sobre todo desde dentro de él».

«Los miembros de estos institutos manifiestan y ejercen su propia consagración en la actividad apostólica y, a manera de levadura, se esfuerzan por impregnar todas las cosas con el espíritu evangélico, para fortaleza e incremento del cuerpo de Cristo».

Los miembros de Ignis Ardens (Fuego Ardiente) somos un Instituto Secular, es decir, somos personas que nos hemos consagrado totalmente a Dios, con vínculo sagrado mediante los tres votos de pobreza, castidad y obediencia, pero vivimos nuestra consagración insertos en el mundo, sin ser del mundo, para ser como un fermento en la masa.

Nuestro Carisma fundacional

«Configurarse con Cristo para vivir y ayudar a vivir la vida  cristiana, siguiendo las mociones interiores del Espíritu Santo, y fomentar en la familia completa la conciencia de ser bautizados, para llegar a la perfección de la caridad y encender en los corazones de jóvenes y familias el fuego del amor de Dios».

Queremos envolvernos en ese Fuego de Amor de Dios para que prenda en nuestro interior y después contagiar a todos los hombres, especialmente a los jóvenes y a las familias.

El Papa Benedicto XVI decía: «Sólo el amor de Dios puede colmar los vacíos que el egoísmo provoca en la historia de las personas, de las familias. Sólo el amor puede salvar de la caída, pero no un amor cualquiera, sino el amor de Dios que transforma y renueva» (María, Estrella de la Esperanza, Madrid, San Pablo, 2014, p.17)

Como decía nuestro amado San Juan Pablo II: «VALE LA PENA DEDICARSE A LA CAUSA DE CRISTO»

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